Las tablas del suelo afuera gemían bajo un paso pesado y familiar

Las tablas del suelo crujieron bajo un paso pesado y familiar. El olor a whisky rancio y tabaco barato se filtraba por las rendijas de la puerta de la oficina incluso antes de que hablara.

—¡Ramiro! —la voz de mi padre resonó, rebotando en las huecas paredes metálicas de la fábrica abandonada. No era la voz arrastrada y patética del hombre que había estado ahogando sus penas en nuestra sala horas atrás. Esta voz era fría, cortante y rezumaba malicia—. Sé que estás aquí, miserable parásito. Te dije hace veinte años lo que pasaría si alguna vez traías al chico de vuelta a este lugar.

El agarre de mi tío en mi hombro se intensificó. Su mano temblaba, pero no de miedo; era la tensión contenida de un hombre que había pasado tres años en una jaula de hormigón esperando este preciso momento. Se inclinó, su aliento cálido contra mi oído.