Había esperado ese día durante meses.
Mi hija, Valeria, cumplía treinta años.
Desde que nació, dediqué mi vida a ella.
Trabajé dobles turnos.
Vendí mis joyas cuando no había dinero.
Renuncié a muchos sueños para asegurarme de que nunca le faltara nada.
Y aunque en los últimos años nuestra relación se había vuelto distante, seguía creyendo que, en el fondo, me quería.
Aquella mañana preparé su pastel favorito.
Chocolate con fresas.
Lo coloqué en una caja elegante y me dirigí a la enorme casa donde vivía con su esposo.
Cuando llegué, la fiesta ya había comenzado.
Había música.
Invitados.
Decoraciones lujosas.
Y una piscina llena de niños jugando.
Toqué el timbre con una sonrisa.
Valeria abrió la puerta.
Su expresión cambió al verme.
—¿Qué haces aquí?
Sentí un pequeño dolor en el pecho.
—Es tu cumpleaños, hija.
Le mostré el pastel.
—Quería sorprenderte.
Ella miró a los invitados que observaban la escena.
Parecía molesta.
—Te dije que no vinieras sin avisar.
—Solo quería felicitarte.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.