No el de casada.
El mío.
Mariana Vélez.
Lo miré sin tocarlo.
—¿Qué es eso?
—Algo que tu padre dejó aquí hace once años —dijo—. Me pidió que solo te lo entregara si alguna vez decidías dejar de pedir permiso.
No pude hablar durante varios segundos.
Mi padre había muerto creyendo que yo no sabía cuánto lo humillaron cuando pidió ayuda a los Armenta. Yo también lo creía.
—¿Qué hay adentro?
Esteban me sostuvo la mirada.
—La razón por la que Leonor nunca quiso que tuvieras acceso a esta oficina.
El pulso me golpeó en la garganta.
Todo lo de esa noche ya había sido demasiado. El video. La junta. Emiliano cayendo frente a todos. Camila saliendo escoltada. Los inversionistas cerrando puertas.
Y aun así, frente a ese sobre, sentí que apenas estaba tocando la superficie de algo mucho más antiguo.
Lo tomé con las dos manos.
Pesaba más de lo que imaginé.
Esteban se acercó a la ventana y miró las luces de Polanco abajo, diminutas, frías.
—Lo de hoy fue un escándalo —dijo—. Lo que sigue es una guerra.
Esa fue la primera vez en todo el día que tuve miedo de verdad.
No por haber expuesto a mi esposo.
Sino por comprender que quizás nunca fui solo la esposa de Emiliano dentro de esa historia.
Abrí el sobre.
Y la primera hoja tenía una firma que no debía seguir existiendo.